Las impresiones

martes 21 de abril de 2009


Esta mañana alguien me recordó que la uña del dedo pulgar de mi mano derecha necesitaba un recorte. 



Al salir de la ducha tras mi vuelta al deporte de calle que tanto me hace sufrir (ningún exceso vacacional es banal), recuerdo el aviso de mi uña: intento arrancarla pero empieza a sangrar y es entonces cuando recuerdo que debo actualizar el blog.

Si algo me gusta, es la mala impresión. La mala impresión está concebida socialmente como un presentimiento, un indicio de oscuridad, malversación futura... Pues no, desde mi punto de vista no es así. Digamos que dar una mala impresión (con elegancia) es algo parecido a ser gracioso. Aquella o aquel que es gracioso no necesita justificar su sentido del humor en público una y otra vez, de hecho, calla más que habla y sabiendo que puede ser gracioso cuando quiera, tiene la seguridad de que su comentario producirá un agradable rebuzno. 

Me gusta escuchar cuando dicen “Antes de conocerte pensaba que eras un auténtico idiota, prepotente, pero una vez que te conozco eres un gran tipo”. 

Tener la seguridad de que produces una mala impresión demuestra competencia, hostilidad y ante todo seguridad. No pretendas caer bien a todos, no saludes por compromiso, no te rías de comentarios que no te hacen gracia. Ser maleducado no equivale a ser grosero. Al no saludar o no dirigirte a alguien que no te interesa, demuestras que tu círculo social es menos accesible que el del resto y, por tanto, si quiere que inviertas más de sesenta segundos en esa persona, deberá argumentarte que realmente merece la pena.

Pese a lo que parezca, producir una mala impresión (con elegancia, repito) es más difícil que producir una buena. Por esa razón y según mi interés, actúo dando el primer ejemplo. Ahora bien ¿Cómo se crea una primera buena impresión? El ser humano es más simple de lo que te han intentado vender en los libros. Todo este meollo se reduce a un solo término: empatía.

Ponerse en el lugar del otro sin perder la propia identidad. Así es. ¿Cómo se consigue? Simplemente escucha a la otra persona y recuerda los verbos que más repita. Todos conocemos a alguien que se nos ha dirigido alguna vez con frases como “Escucha un momento...” , “Vamos a ver...”, “Esto me huele mal...”. El asunto es más complejo aunque con esto creo que basta. Si habéis sido agudos: escuchad, memorizad y repetid.

Para crear buenas impresiones siempre estamos a tiempo. Las personas merecen una oportunidad, o eso dicen.

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Invitaciones

martes 24 de marzo de 2009


Este no es un blog de amor, lo siento, tampoco enseñaré como ser un dandy, pero creo necesario matizar algunos apuntes sobre el tema en cuestión.
Antes de continuar, reafirmarme en mis pensamientos y advertir que en ningún momento se deba malversar mi punto vista, todo lo contrario, opino que no es una cuestión de sexos sino de inteligencia.

Nunca invito a cenar en una primera cita. No se trata de una cuestión avara o de la más pura tacañería personal. Simplemente es una cuestión de ego. Desde pequeño, ya se educa al imberbe y potencial macho a invitar a cenar en las citas primerizas, halagar con algún regalo que posteriormente aumentará de valor a medida que la relación avance y finalmente agasajar con numerosos y tediosos caprichos propios del aburrimiento.

Las personas, tengamos la tendencia sexual que tengamos, agradecemos las sutilezas, los regalos, alguna que otra impertinencia y sobretodo que nos den juego, pero detestamos tener a alguien constantemente detrás (excepto en algunos casos donde se dan casos de bipolaridad). Nadie quiere algo que ignora.

No os lamentéis, estáis a tiempo de rectificar y no errar jamás. Así es, nunca se invita a cenar en una primera cita porque la otra persona tampoco lo hará y si lo hace, retroceded un paso, vuestra cita alberga un sospechoso olor a “inseguridad en uno mismo/a” que no se irá ni con el incienso más fuerte. Nadie invita a personas que puede no volver a ver.

Es importante tener claro lo que uno hace y por tanto asumir las consecuencias de ello. Jamás consintáis un reproche por algo tan banal como una cena: si la persona es merecedora, ya recibirá sumisión más adelante.

Finalmente y como último apunte: olvidad el materialismo y todos sus parajes. Impresionar es un arte del intelecto y no del bolsillo. Con dinero, no impresionéis ni dejéis ser impresionados.
Ahora debo volver a mis camisas. De la vanidad hablaré en otro momento. Buen provecho.

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Los eventos sociales

lunes 16 de marzo de 2009


Me gusta asistir a fiestas, es como un ritual. Existen personas que no acude a ciertos eventos para salvaguardar su dignidad o en su defecto, un trozo de su alter-ego. Para que te tomen en serio debes saber a qué fiestas NO ir. El criterio y la sensatez nos guiarán por la senda adecuada.

Elegir ropa elegante y adecuada es fundamental. Colores sobrios y sombreados y una cazadora inglesa por si refresca. Las fiestas son eventos sociales que por muy familiares que parezcan, por un lado u otro siempre plasman documentos fotográficos que a posteriori acaban destapando la caja de los truenos. Uno no se puede permitir ese error, por favor.
Es de buena educación y de persona agradecida, llevar algún detalle. Si crees que merece la pena, lleva una botella de vino; si crees que acabará mezclada con azúcar y Coca-Cola, ahorra ese dinero para un taxi.

En este tipo de eventos las conversaciones más asépticas generan preguntas tipo ¿Cómo te va? ¿Qué tal te va en el trabajo? Y similares relacionadas con tu vida personal, laboral y sentimental. Tú contesta a todo positivamente porque por poco creíble que parezca lo que soltamos por la boca, en una de cada tres personas toca fondo y en las otras dos siembra la duda, y tú, que tienes una imagen limpia e impoluta, no tienes por qué cantar a los cuatro vientos lo mal que te va (aunque lo dudo, porque eres un gentleman). Eso sí, ni se te ocurra inventarte una falsa anécdota (que tú consideras graciosa) para salvar tu culo porque serás el cazador cazado. Un paso atrás y dos adelante, no lo olvides.

Cómo último consejo, en las reuniones sociales tan solo debemos intercambiar las tarjetas y en ningún caso cerrar un trato: los negocios, en los despachos.

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Siempre

viernes 13 de marzo de 2009


Por enésima vez vuelvo a la red. No es que me emocione hacer esto, simplemente lo realizo como un servicio a la comunidad mientras pago mis pecados éticos, así que será una labor larga y tediosa.

Por desgracia, riqueza y clase son dos palabras que no comparten ningún tipo de relación. En esta sociedad se demuestra más que de sobra, así que abro este blog para, desde un punto de vista fragoso, explicar el significado de uno de los dos términos.

Discos, cinemascope, libros, comodidad, elegancia y a lo sumo, indiferencia.

En estos tiempos que corren, la ausencia de una cosa, no justifica la otra.

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